Cristo viene pronto ¡Prepárate!

Importancia de los idiomas bíblicos

Introducción

El apóstol Pablo exhortó a su discípulo Timoteo a que procurara presentarse “a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que expone bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).[1] Esta instrucción apostólica encierra una verdad que trasciende los siglos: el manejo fiel y preciso de la Escritura no es una opción para el creyente comprometido, sino su principal responsabilidad. Y en el corazón de esa responsabilidad se encuentra una pregunta que todo cristiano serio —y especialmente todo pastor— debe hacerse: ¿Estoy leyendo la Palabra de Dios en su forma más fiel y precisa posible?

Responder a esta pregunta con sinceridad conduce inevitablemente al estudio de los idiomas bíblicos, aquellos en los que se escribió la Escritura. Aquí es importante recordar que la misma Biblia afirma que “las [cosas] reveladas son para nosotros y para nuestros hijos” (Deuteronomio 29:29).[2] Por lo tanto, la Biblia ­­—la mayor revelación de Dios para el ser humano común de hoy en día— llega a ser el tesoro más valioso y la fuente más segura del conocimiento de Dios, pero “lamentablemente”, ella fue escrita en hebreo, arameo y griego.[3]

Leer la Palabra de Dios en su forma más fiel y precisa implica inevitablemente el estudio de los idiomas bíblicos: el hebreo del Antiguo Testamento y el griego koiné (κοινή – común) del Nuevo Testamento. El conocimiento de estos idiomas no es un lujo reservado para eruditos, sino una herramienta fundamental para todo aquel que desea conocer a Dios más profundamente y comunicar Su verdad con fidelidad y autoridad.

Los idiomas de Dios

Hebreos dice: “Dios, que habló, en variadas partes y mediante diversos métodos, en tiempos antiguos, a los padres por los profetas; en estos tiempos del fin nos habló por el Hijo…” (Hebreos 1:1-2). Uno de los principios más sólidos de la teología cristiana es que Dios habla con la humanidad a través de la Escritura inspirada, y ella nos llegó en hebreo, arameo y griego koiné, la lengua común del mundo mediterráneo del primer siglo.[4] Esta elección no fue arbitraria; parece ser que Dios usó de forma deliberada idiomas vivos y ricos en matices para revelar sus verdades eternas.

El griego koiné, en particular, es un idioma de extraordinaria riqueza lingüística. Sus matices gramaticales, sus tiempos verbales y su vocabulario permiten expresar realidades teológicas que difícilmente pueden ser capturadas en su totalidad por una traducción.[5] Por ejemplo, el griego posee al menos tres palabras distintas para referirse al amor (eros, philía, ágape), cada una con connotaciones específicas que enriquecen enormemente la comprensión de pasajes como Juan 21:15-17, donde Jesús interroga a Pedro usando alternadamente ágape y philía.[6] Una traducción al español, por más competente que sea, no puede reproducir con exactitud esa dinámica.

Otro ejemplo ilustrativo se encuentra en 1 Pedro 1:1, donde el autor se presenta como apóstolos (ἀπόστολος), un sustantivo que no solo significa “enviado”, sino “enviado con plena autoridad”.[7] Esta distinción, invisible en muchas traducciones, es teológicamente significativa: Pedro no se presenta simplemente como un mensajero, sino como un representante de Cristo investido con autoridad. El conocimiento del griego le permite al lector captar esta dimensión que ninguna traducción transmite con claridad.

Beneficios para el creyente

El estudio de los idiomas bíblicos es especialmente necesario para quienes ejercen el ministerio pastoral; pero sus beneficios se extienden a todo creyente que desee crecer en su conocimiento de Dios. La Escritura usa la figura de un novio enamorado y dice: “…voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Oseas 2:14). Es decir, Dios quiere tener un momento a solas con cada hijo suyo y lo hace mediante su Palabra, pues quiere hablar a su corazón. Pero este momento de intimidad se hace más profundo y significativo si no existe la presencia de un traductor. Algunos beneficios generales que da el estudiar la Biblia en sus idiomas originales son los siguientes.

Independencia interpretativa

Quienes carecen del conocimiento de las lenguas originales quedan necesariamente dependientes de otros para la interpretación.[8] Nadie quiere ser un “segundón”, pero cuando se trata de la Biblia, la gran mayoría de creyentes somos “segundones”, pues no podemos leer la Biblia de primera mano. Así, el estudio de los idiomas bíblicos te saca de esa triste condición y te abre una ventana para ver si las decisiones tomadas por los traductores pueden ser enriquecidas o incluso refutadas.

La independencia interpretativa no implica división, separatismo o fragmentación; tampoco implica arrogancia o superioridad, sino madurez espiritual y con ella unidad y humildad. El creyente que se propone leer la Escritura en su idioma original estará mejor equipado para enseñar la verdad sólida de Dios, pero también cumplirá más eficientemente Sus propósitos; además, reflejará más claramente el carácter de Dios. Lo dicho hasta aquí ya sería razón suficiente para introducirse en el estudio de los idiomas bíblicos originales, pero hay más.

Profundidad en la comunión con Dios

Estudiar la Palabra de Dios en su idioma original es también un acto de devoción, pero de ello hablaremos con mayor profundidad más adelante. Sin embargo, es importante señalar que una muestra fáctica del deseo por estar en comunión con Dios es querer entender su voluntad, sus verdades, sus indicaciones, sus sentimientos, etc. Es natural que, cuando quieres conocer más íntimamente a alguien, quieras hablar el idioma de ese alguien, pues quieres entenderlo[a] mejor y nunca ser malentendido.

Aquí se hace necesario reconocer que, aunque Dios podría haberse comunicado en cualquier idioma, Él eligió hacerlo en hebreo, arameo y griego. Por lo tanto, así como el hijo aprende el idioma de su padre, el creyente que se esfuerza por aprender los idiomas bíblicos demuestra que es un hijo de Dios, que lo que más quiere es entender, conocer y nunca malentender a su padre. El creyente hace esto no solo motivado por la curiosidad o por el simple conocer, sino porque lo que desea es practicar las enseñanzas de Dios, pero también desea compartir con otros esas enseñanzas. Por lo tanto, el modelo bíblico de Esdras —estudiar, practicar y enseñar— sigue siendo el paradigma del ministro y del hijo fiel de Dios.[9]

Beneficios para el pastor

Aunque el pastor también es un creyente y, en consecuencia, recibe todos los beneficios ya mencionados al estudiar la Biblia en sus idiomas originales, el conocimiento de los idiomas bíblicos es más valioso e indispensable para él. Como ya se dijo, uno de los mayores objetivos del ministerio pastoral, según la Escritura, es proclamar la verdad de Dios con autoridad y poder. Pero esa autoridad no puede construirse sobre traducciones secundarias cuando el texto primario está al alcance. Aquí veremos tres beneficios específicos para el pastor, pero que el creyente disciplinado, autodidacta y comprometido con la Escritura también puede obtener.

Proporciona autoridad en la predicación

Un predicador que ha examinado el texto griego o hebreo predica con una confianza cualitativamente diferente. En palabras de Job, él ha visto con sus propios ojos lo que antes no veía, lo que aparentemente la Palabra inspirada ocultaba. Ahora predica sin depender de la interpretación de un tercero. Como afirma Larkin citando a Admas, “una cierta confianza deriva de haber examinado el texto por uno mismo.”[10] Esta confianza se transmite a la congregación: la predicación se vuelve más rica, más precisa, más convincente, más poderosa. Pues el Espíritu Santo obra con mayor poder cuando hay mayor conocimiento (Juan 16:13; 1 Corintios 2:10, 14-15; 1 Juan 2:27).

Martín Lutero comprendió bien este principio. Para él, cuando un predicador era versado en las lenguas bíblicas, su predicación exhibía mayor frescura, vigor; y además era más comprensiva.[11] El pastor debe recordar que el impacto de su ministerio no está en los programas, por muy importantes que estos sean, pues la fidelidad y el reavivamiento encuentran su fundamento en la profundidad de las palabras e ilustraciones que surgen del estudio de la Biblia. La historia de la Reforma protestante es, en gran medida, la historia de lo que ocurre cuando un pastor lee la Biblia en su texto original.

Proporciona una exégesis aprobada por Dios

El conocimiento de los idiomas bíblicos es también una salvaguarda contra los errores doctrinales. Muchos de los errores teológicos que han dañado a congregaciones y comunidades enteras surgen por una interpretación descuidada del texto bíblico. Aunque esto no se puede generalizar, la falta de comprensión de asuntos gramaticales, históricos, sintácticos o semánticos ha dado lugar a gran cantidad de herejías. Un pastor versado en griego, hebreo y arameo puede detectar cuándo una enseñanza fuerza el texto más allá de lo que el idioma original lo permite.

Considérese, por ejemplo, cómo el tiempo perfecto en Romanos 3:21 revela que la justicia divina se manifestó, se manifiesta y se manifestará, es decir, se trata de un acto puntual pero al mismo tiempo continuo y permanente.[12] Por otro lado, el uso que hace Hechos 2:7-12 de tres palabras griegas distintas para el asombro, permite ver un retrato vívido de la reacción de la multitud: que del “asombro” pasaron al “espanto” y finalmente quedaron “aturdidos” por lo que estaba ocurriendo.[13] Estos matices, invisibles en la mayoría de las traducciones, son precisamente los que enriquecen la predicación y la enseñanza.

En el texto hebreo existen incluso más ejemplos, pues se trata de un texto más extenso; sin embargo, bastará con un ejemplo muy sencillo para ilustrar lo que se viene diciendo. Una palabra que se usa más de 500 veces en el Antiguo Testamento es ʾādām (אָדָם – Adán). Muchos imaginan que cuando “Dios el Señor llamó al hombre [ʾādām (אָדָם – Adán)], y le preguntó: —¿Dónde estás?” (Génesis 3:9), él llamó solo al varón, pues no dice “¿Dónde estaban?”. Sin embargo, eso no fue así, pues el significado de esta palabra hebrea incluye al varón y la mujer. Aunque este sustantivo nunca se presenta en plural en el texto bíblico, en Génesis principalmente hace referencia a nuestros dos primeros padres. Esto queda confirmado por el mismo texto bíblico, pues allí leemos que: “Hombre y mujer los creó; y los bendijo, y les puso por nombre Adán [ʾādām (אָדָם – Adán)] el día en que fueron creados”. (Génesis 5:2).[14]

Todo líder religioso tiene el deber de profundizar en el texto original de la Biblia; eso le dará grandes bendiciones a su vida personal, pero también bendiciones a la congregación y personas que él o ella lidera. Como consecuencia, su ministerio no solo será fructífero y bendecido, sino que sobre todo será aprobado por Dios.

Proporciona victorias en el gran conflicto

En consonancia y casi desprendiéndose de lo dicho anteriormente, aquí afirmamos que el conocimiento de los idiomas bíblicos habilita al ministro o líder eclesiástico para refutar falsas enseñanzas. Hacer una exégesis que Dios aprueba es esencial para esto; ya en los tiempos de Pablo había muchos falsos maestros (cf. Hechos 20:29-30; Gálatas 1:6-9; 2 Corintios 11:13-15), que según Pedro incluso torcían lo escrito por Pablo (cf. 2 Pedro 3:15-16), pero que además se multiplicarían poco antes de la venida del Señor (cf. 2 Pedro 3:3-4,17). Por tanto, aunque todo buen hijo de Dios debe estar preparado para sacar armas efectivas cuando llegue el día del combate, el líder espiritual tiene el deber de ser un guerrero de élite.

En una sociedad que plantea preguntas cada vez más complejas sobre la fe cristiana, el líder espiritual necesita respuestas bien fundamentadas, ancladas en el texto original. Juan Wesley lo expresó con claridad meridiana:

“Sin comprender el griego y el hebreo, ¿cómo puede un ministro asumir la tarea de explicar libros escritos en estas lenguas o defenderlos frente a sus opositores? Sin este conocimiento, permanece expuesto a cualquiera que afirme entender los textos originales.”[15]

Quedar vulnerables al ataque del enemigo no solo tiene que ver con exponerse a la tentación o a descuidar solo ciertos aspectos de nuestra vida humana. En consonancia con lo que se viene diciendo, no conocer los idiomas bíblicos también puede ponernos en desventaja frente a los ataques del enemigo de Dios.

Un líder espiritual que no puede evaluar por sí mismo las afirmaciones sobre el texto original comete un pecado intelectual y queda a merced de cualquier maestro que invoque el griego o el hebreo para respaldar sus posiciones. Decimos pecado, porque el líder espiritual fue llamado a corregir los errores y también a impedir que sus ovejas se alimenten con alimento nocivo, pero su falta de disciplina y dedicación lo pueden poner en esa posición. La posición de un perdedor.

Una disciplina espiritual

Finalmente, es fundamental subrayar que el estudio de los idiomas bíblicos no es solo un ejercicio académico, sino una disciplina espiritual. Así como orar, ayunar o hacer obra misionera son expresiones de nuestra devoción a Dios, estudiar el hebreo y el griego es una forma concreta de buscar una comunión más profunda con Dios, pues Él eligió hablar con nosotros usando esos idiomas. Por eso te animo a separar un tiempo del día, de la semana, del mes o del año para dedicarte a este ejercicio espiritual.

No se deben estudiar los idiomas bíblicos meramente para interpretar la Biblia correctamente —aunque eso es indispensable—, sino para conocer mejor al Dios que se revela en ella. Nuestro objetivo es entender a Dios y aquello que Él siempre quiso que entendamos; aunque estamos separados por milenios de los autores y lectores originales del texto bíblico, nuestro deber es desarrollar la capacidad de entender el idioma y con ello el contexto de los tiempos bíblicos. Para alcanzar este propósito, el estudio del griego y el hebreo son esenciales, pues son como un puente que nos permite saltar en el tiempo para hablar con el Señor Jesús cara a cara e incluso oír la voz de Dios al pie del monte Sinaí.

Estudiar los idiomas originales implica, además, que uno respeta y confiere la máxima autoridad al texto inspirado. Aunque Dios puede hablar en cualquier idioma, Él eligió inspirar Su Palabra en hebreo y griego. Tomar en serio esa Palabra inspirada requiere estudiarla en sus idiomas originales. La conexión entre el estudio de la Biblia en su idioma original y la autoridad que se le da a la Biblia son temas que no se pueden separar:[16] quien verdaderamente cree en la inspiración y autoridad de la Escritura encontrará en ese convencimiento la motivación más poderosa para aprender los idiomas en que fue escrita.

Resumen de beneficios:

Área de Impacto Beneficio para el creyente Beneficio para el pastor Importancia práctica
Independencia Interpretativa Deja de ser un “segundón” al leer la Biblia de primera mano, pudiendo evaluar o enriquecer las decisiones de los traductores. Predica sin depender de interpretaciones de terceros, observando directamente lo que el texto inspirado comunica. Fomenta la madurez espiritual y la unidad al reducir la dependencia exclusiva de fuentes secundarias.
Autoridad en la Enseñanza Capacidad para enseñar verdades sólidas de manera eficiente, reflejando el carácter de Dios con mayor claridad. Da mayor confianza al predicador, y ella se transmite a la congregación y hace que la predicación sea más convincente. La autoridad no se sustenta en traducciones secundarias, sino en el texto primario.
Profundidad Devocional Intimidad directa con Dios al eliminar intermediarios; demuestra el deseo de un hijo por entender el idioma de su Padre. Aporta frescura, vigor y una dimensión más comprensiva a su vida espiritual y a las ilustraciones ministeriales. Disciplina espiritual comparable al ayuno o la oración para conocer mejor al Dios que se revela.
Defensa de la Fe (Apologética) Preparación para discernir enseñanzas erróneas y participar con herramientas efectivas en el combate espiritual. Actúa como un “guerrero de élite” capaz de refutar doctrinas falsas y detectar cuando se fuerza el texto original. Salvaguarda contra herejías surgidas de interpretaciones descuidadas de la gramática y sintaxis.
Responsabilidad y Exégesis Sigue el modelo de Esdras: estudiar, practicar y enseñar las verdades bíblicas de forma precisa. Evita el “pecado intelectual” de exponer a la congregación a interpretaciones nocivas. Obtención de una exégesis aprobada por Dios, basada en el respeto absoluto a la inspiración original.

Conclusión

El estudio de los idiomas bíblicos —el hebreo y el griego koiné— no es un asunto de preferencia personal ni un adorno académico. Es una cuestión de integridad ministerial y de fidelidad a la Palabra de Dios. Para el creyente en general, representa la oportunidad de acceder a la revelación divina en su forma más directa y precisa, cultivando una independencia interpretativa y una devoción más profunda.

Pero para el líder espiritual (pastor, misionero, anciano, etc.), estudiar la Biblia en sus idiomas originales es imperativo, indispensable y su deber más importante. Pues allí está el fundamento para una predicación con autoridad, para una exégesis que Dios aprueba y para una defensa eficaz del evangelio, que en resumen hacen del ministerio uno que es aprobado por Dios y que edifica la iglesia.

La mayor razón para emprender este estudio, sin embargo, no es el conocimiento de un idioma, sino el conocimiento de Dios. Él eligió en el pasado hablar con la humanidad en hebreo, arameo y griego; tomar en serio esa elección es una expresión de amor y reverencia hacia Él. Debemos estudiar estos valiosos idiomas, conscientes de que allí se encuentra el corazón de la revelación divina y conscientes de que, si vamos a comunicar la Palabra de Dios, debemos poder leerla en su idioma original.

Oro para que cada pastor, cada ministro y cada creyente comprometido encuentre en el estudio del hebreo, arameo y griego no una carga académica, sino una puerta hacia una comunión más rica, una predicación más fiel y un conocimiento más profundo del Dios que se ha revelado en Su Palabra.

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[1] El término griego orthotomeo (ὀρθοτομέω), traducido aquí como “expone bien” y en otras versiones como “usar bien” o “trazar rectamente”, implica un manejo preciso y sin distorsión de la Palabra.

[2] Deuteronomio 29:29 (RV2020). Este principio establece que la revelación escrita es el medio primario por el cual Dios se da a conocer a Su pueblo en la era post-apostólica.

[3] Todo aquel que acepta la Biblia como Palabra de Dios, reconoce que la mayor revelación que Dios ha concedido al ser humano en la actualidad es su Palabra. Pues también reconoce que es profeta que recibe revelaciones directas de Dios como las otorgadas en tiempos bíblicos. Al mismo tiempo, reconoce que no vive en la época de Juan y Pedro, cuando el Señor Jesucristo caminó entre los hombres. En consecuencia, para alguien que cree en la Biblia como revelación de Dios, ella es el tesoro más valioso y la fuente más segura del conocimiento de Dios que hoy posee el ser humano.

[4] El griego koiné (κοινή – común) fue la lingua franca del mundo mediterráneo desde el siglo IV a.C. hasta el siglo VI d.C. Esto podría explicar en parte su elección como vehículo para que llegue a nosotros parte de la revelación divina.

[5] Hay quienes han dicho: “El griego es una lengua rica en sinónimos; sus palabras tienen a menudo matices que no posee el español. En griego hay cuatro palabras diferentes para amor.” William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento (Viladecavalls (Barcelona), España: Editorial CLIE, 2006), 53.; “The Greek language is so rich in meaning that the same word may have a slightly different meaning in another context.” Ralph W. Harris, ed., Hebrews–Jude, The Complete Biblical Library: Study Bible (World Library Press, 1989), 7. Otros incluso han criticado el juicio hecho sobre la riqueza, profundidad y perfección de estos idiomas; véase, por ejemplo: Moisés Silva, «Biblical Greek and Modern Greek: A Review Article», Westminster Theological Journal 67, n.º 2 (2005): 395.

[6] Cf. C.S. Lewis, The Four Loves (London: Geoffrey Bles, 1960). Lewis desarrolla extensamente las diferencias entre estas formas de amor en el pensamiento griego y su relevancia teológica.

[7] El sustantivo apóstolos (ἀπόστολος) deriva del verbo apostellō (ἀποστέλλω), que significa enviar con una misión específica y con plena autoridad del que envía. Véase, W. Bauer, A Greek-English Lexicon of the New Testament, 3.ª ed. (Chicago: University of Chicago Press, 2000), s.v. .ἀπόστολος

[8] William D. Mounce, Greek for the Rest of Us (Grand Rapids: Zondervan, 2003), 18.

[9] Cf. Esdras 7:10 “10 Porque Esdras había preparado su corazón para estudiar (dāraš – דרשׁ – investigar con profundidad, hacer exégesis) la ley del Señor y para cumplirla, así como para enseñar en Israel sus estatutos y decretos.” (cf. Randall Merrill, «Seeking», en Lexham Theological Wordbook, ed. Douglas Mangum et al., Lexham Bible Reference Series (Bellingham, WA: Lexham Press, 2014).

[10] Según Larkin, Admas afirma: “A certain confidence derives from having examined the text for oneself.” Adams, “Original Languages in Preaching”, 30. Citado en Larkin, William J.. Greek Is Great Gain: A Method for Exegesis and Exposition (Eugene, OR: Wipf and Stock Publishers, 2008), 3.

[11] Martín Lutero dijo al respecto: “For not in vain did God have His Scriptures set down in these two languages alone — the Old Testament in Hebrew, the New in Greek. The languages, therefore, that God did not despise but chose above all others for His Word, we too ought to honor above all others.” Veáse, Martin Luther, To the Councilmen of All Cities in Germany That They Establish and Maintain Christian Schools (1524), trans. Albert T. W. Steinhaeuser, rev. Walther I. Brandt, in Luther’s Works, vol. 45, The Christian in Society II, ed. Walther I. Brandt (Philadelphia: Muhlenberg Press, 1962), 360.

[12] El tiempo perfecto usado en Romanos 3:21 —pephanerōtai (πεφανέρωται) del verbo phaneroō (φανερόω – manifestar, hacerse visible)— indica una acción completada en el pasado cuyo efecto continúa en el presente. Es decir, la justicia de Dios “ha sido manifestada y sigue siendo manifestada”. Comprender esto tiene muchas implicancias.

[13] En Hechos 2:7-12 aparecen tres términos distintos: existēmi (ἐξίστημι, asombro, estar fuera de sí), thaumazō (θαυμάζω, espanto, estar maravillado o sorprendido en extremo) y diaporeō (διαπορέω, aturdido, estar desconsertado, sin saber qué pensar). Para un análisis interesante sobre esto véase, Grant R. Osborne, Acts: Verse by Verse, Osborne New Testament Commentaries (Bellingham, WA: Lexham Press, 2019), 42-46.

[14] Este análisis está hecho solo con la ayuda de una biblia interlineal, es decir, aquella que muestra cuál es la palabra hebrea o griega que va debajo del texto en español. Se hizo así para demostrar que los recursos no deben ser un impedimento para comenzar a usar el griego, hebreo y arameo en nuestro estudio bíblico.

[15] Juan Wesley, Address to the Clergy (1756), en The Works of John Wesley, vol. 10 (Grand Rapids: Baker, 1979), 491.

[16] Esta conexión entre autoridad bíblica y estudio de los idiomas originales es desarrollada ampliamente por John Piper. Él afirma que Heinrich Bitzer, un banquero fue quien tuvo que recordar a los pastores que el griego y el hebreo son muy imporatnes, él literalmente dice: “A banker! Brothers, must we be admonished by the sheep as to what our responsibility is as shepherds? Evidently so. For we are surely not admonishing and encouraging one another to press on in Greek and Hebrew.” Mas adelante usando las palabras de Bitzer dice: “The more a theologian detaches himself from the basic Hebrew and Greek text of Holy Scripture, the more he detaches himself from the source of real theology! And real theology is the foundation of a fruitful and blessed ministry.” John Piper, Brothers, We Are Not Professionals (Nashville: B&H, 2002), 99.