Cristo viene pronto ¡Prepárate!

Jesucristo la mayor necesidad de todas las gentes

Introducción

La historia, tanto en la Biblia como en el día a día, muestra que la humanidad está en una permanente búsqueda de significado, esperanza y restauración. En este contexto, la Sagrada Escritura señala al Señor Jesús como el único capaz de hacer realidad las expectativas humanas más profundas. Con justa razón la Escritura lo identifica como “el Deseado de todas las naciones” (Hageo 2:7), aquel en quien y por quien se hacen realidad todas las promesas divinas de redención, restauración y justicia. Aunque existen muchas consecuencias de la obra del Señor Jesús, aquí hablaremos de cuatro dimensiones fundamentales: su papel como fuente de consuelo eterno, su iniciativa para rescatar a la humanidad perdida, su función como modelo y su actuación como juez.

Jesucristo, fuente del consuelo eterno

Todas nuestras esperanzas tienen su fundamento en el Señor Jesús. En un mundo marcado por el dolor, la enfermedad y la muerte, el Señor Jesús nos dice: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5). No nos promete una mejora temporal, sino la eliminación completa de las consecuencias del pecado. Juan dice: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4).

Así es el Señor Jesús, quien erradicará de forma definitiva el sufrimiento; no existirá ningún recuerdo del dolor que dominó por milenios la experiencia humana. La nueva realidad estará caracterizada por el amor y el gozo. El cristiano vive con esta esperanza; ella orienta su vida presente. Esta esperanza escatológica lo moviliza, pues si su Señor es la verdadera luz del mundo (cf. Juan 8:12), el creyente busca reproducir en su vida esa luz, es decir, el carácter de Cristo, pues él mismo dijo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). Así el Señor Jesús no solo es la fuente del consuelo y de la esperanza futura, sino de una vida comprometida con el servicio, la compasión y la manifestación práctica del amor divino mientras estamos en este mundo.

Jesucristo, salvador de la humanidad perdida

Lucas 15 presenta 3 parábolas que revelan la condición humana, pero también la obra divina. La oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. La enseñanza central de estas parábolas es que la humanidad no posee la capacidad de volver a Dios sin ayuda externa. El pecado ha producido una condición de extravío espiritual que imposibilita la autosalvación. El profeta Isaías expresó esta realidad cuando dijo: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino” (Isaías 53:6).

La parábola de la oveja perdida, así como la de la moneda, destaca la iniciativa divina en el proceso de salvación. El pastor abandona temporalmente las noventa y nueve ovejas para buscar a la que se había perdido. El señor Jesús dijo: “¿Quién de vosotros, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve solas en el desierto y va a buscar a la que se perdió hasta encontrarla?” (Lucas 15:4). Así, el Señor Jesús afirma que la salvación comienza con Dios. Dios toma la iniciativa y sale al encuentro del pecador. La redención no es el resultado de un esfuerzo humano ascendente, sino de una gracia divina descendente.

No obstante, la parábola del hijo pródigo introduce un elemento complementario: la realidad del libre albedrío. Aunque Dios busca al pecador, el ser humano conserva la capacidad de responder positiva o negativamente al llamado divino. El hijo pródigo, “recapacitando, se dijo” (Lucas 15:17), es decir, entró en conciencia y decidió regresar a la casa de su padre. Es importante recordar que esta decisión tuvo su origen en la gracia del padre, ya conocida por el hijo; pero tampoco se pueden obviar las circunstancias que le hicieron recapacitar. En este caso existe una cooperación humana con la iniciativa divina, pero esta cooperación no implica mérito salvífico, sino una respuesta libre al amor de Dios. El padre recibe al hijo por gracia, no porque lo merezca.

Jesucristo, transformador del ser humano

Una de las imágenes más significativas utilizadas por el Señor Jesús para describir su misión es la de la luz. En Juan 8:12 declaró: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.” Seguir al Señor Jesús implica mucho más que una adhesión intelectual a determinadas doctrinas; significa imitarlo y reproducir en la práctica aquello que Él hizo. Por otro lado, conocer al Señor Jesús más de cerca, ver su luz, permite que el creyente reconozca con claridad su propia condición pecaminosa.

La luz revela aquello que permanece oculto en las tinieblas. Sin embargo, esta revelación no tiene un propósito condenatorio, sino redentor. El apóstol Juan afirma: “… si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros y la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado.” (1 Juan 1:7). Es decir, la comunión con el Señor Jesús conduce simultáneamente al reconocimiento del pecado y a la recepción del perdón. Asimismo, quien vive en comunión con Dios se convierte en un instrumento mediante el cual otros pueden conocer el carácter divino. La vida transformada del creyente funciona como una luminaria espiritual para quienes lo rodean. Pero además, esta realidad posee una dimensión comunitaria, pues si tenemos comunión con Dios, también tendremos comunión con nuestros semejantes. Así, la reconciliación vertical produce reconciliación horizontal. Por ello, la unidad auténtica entre las personas encuentra su fundamento en la experiencia compartida de la gracia divina.

Jesucristo, juez divino y justo

La Biblia no concluye únicamente con promesas de restauración, sino también con la afirmación de que Dios pondrá fin al problema del mal. Este acto es descrito en las Escrituras mediante expresiones como “el día del Señor” o “el día de venganza”. Sin embargo, el concepto bíblico de venganza difiere radicalmente de la comprensión humana habitual. No se refiere a una reacción impulsiva o malévola, sino al establecimiento definitivo de la justicia. Dios dice: “Mía es la venganza, yo pagaré” (Romanos 12:19); esta venganza divina consiste en corregir el desorden moral introducido por el pecado y restaurar el equilibrio de la justicia universal. Por su parte, Pedro describe la magnitud cósmica de este evento: “Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche. En ese día los cielos desaparecerán en medio de un gran estruendo, los elementos del mundo arderán y serán reducidos a cenizas, y la tierra, junto con todo lo que hay en ella, será quemada.” (2 Pedro 3:10)

Este momento, comúnmente entendido como el juicio final, representa el fin del conflicto entre el bien y el mal. El Señor Jesús aparece como el defensor de su pueblo, el vindicador de los justos y de su propio carácter, pero también como el agente mediante el cual se elimina definitivamente toda manifestación de pecado. Lejos de ser una amenaza para los redimidos, este acontecimiento constituye la garantía de que la injusticia no tendrá la última palabra. El día del Señor anuncia la instauración definitiva de un universo donde la justicia, la paz y la santidad prevalecerán eternamente.

Conclusión

Nuestro Señor Jesús es el eje integrador de la esperanza cristiana. Él es la fuente del consuelo eterno que sostiene al creyente frente al sufrimiento presente; el Pastor que toma la iniciativa para rescatar a la humanidad perdida; el poder que transforma la vida del ser humano en un instrumento útil para sus propósitos; y el Juez justo que pondrá fin al conflicto universal con el mal.

La obra de Cristo abarca tanto la experiencia presente de la salvación como su consumación futura. En realidad, hay una obra tan importante como todo lo que hace Dios, la obra que realiza en el Santuario celestial, su obra archierológica; de ella hablaremos en otro momento. Por ahora, terminamos diciendo que la esperanza cristiana no se fundamenta en circunstancias temporales o imaginarias, sino en realidades y en la gran promesa de que el mismo Jesús que busca, salva y transforma, es decir, aquel “que comenzó en vosotros la buena obra, la irá llevando a término hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).