Reflexión crítica al documento publicado por: Wahlen, Clinton y Gina Wahlen, La ordenación de la mujer: ¿Importa realmente?, traducido por Carlos Steger y Ethel Steger. Silver Spring, MD: Bright Shores Publishing, 2015. 226 pp. Versión digital: http://womensordination.com/
De la autoría del Dr. Wahlen y su esposa, poco antes del congreso de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, se publicó un importante libro, titulado “Women’s Ordination: Does It Matter?” Este libro aborda un tema que fue de crucial importancia para dicho congreso, pues allí los representantes de la iglesia a nivel mundial debían responder a la pregunta “¿Es aceptable que las comisiones directivas de las divisiones, en la medida en que lo consideren apropiado en sus territorios, hagan provisión para la ordenación de la mujer al ministerio evangélico? Sí o No.” Hecha la pregunta en dicho congreso, la votación final fue NO, posición que es magistralmente sostenida en este libro.
El Dr. Clinto Wahlen es director asociado del BRI (Biblical Research Institute) en la Conferencia General de los Adventistas del Séptimo Día desde el 2008. Convertido del ateísmo, estudió teología, fue ordenado al ministerio adventista y trabajó como pastor de iglesia. El Dr. Wahlen recibió el Ph.D. de la prestigiosa Universidad de Cambridge (Cambridge University) y enseñó en los seminarios de Rusia y Filipinas por 12 años; se especializa en estudios relacionados con el Nuevo Testamento, teología bíblica, el judaísmo y el cristianismo primitivo. Por lo tanto, las ideas presentadas en este libro merecen una atención especial, tal como lo confirman las recomendaciones dadas por personalidades como George Reid, Ingo Sorke, Gerhard Pfandl, Shelley Quinn y Sikhu Hlastshwayo.
Aun cuando la circunstancia que motivó la publicación de este libro fue la determinación de si se debe o no permitir que la Iglesia Adventista ordene damas de forma sectorizada al ministerio adventista, este libro no puede ser considerado un material poco pertinente ahora que pasó el problema, pues el Dr. Wahlen no hace de este su tema principal, aun cuando lo aborda a plenitud. En realidad, el libro toma como ilustración el tema de la ordenación de damas al ministerio, para responder a importantes preguntas como: ¿por qué los teólogos adventistas no se ponen de acuerdo en su comprensión de diversos temas bíblicos?, ¿cuáles serían las consecuencias, si se permite que la iglesia tome decisiones sobre temas teológicos de forma sectorizada y no globalizada? Además, responde preguntas puntuales sobre el tema de la ordenación de damas al ministerio, como, ¿cuál es la raíz del problema en este y otros tópicos dentro del adventismo? ¿Qué tiene Ellen G. White para decir al respecto? ¿Y si este es un tema cultural o teológico?, entre muchas otras preguntas. A lo mencionado se suma la sección mas amplia y posiblemente la más significativa de este documento, el capítulo once, sección que bajo el título “Más preguntas y respuestas” responde a sesenta y cuatro preguntas divididas en nueve secciones: 1) Preguntas generales, 2) Preguntas acerca de pasajes bíblicos específicos, 3) Preguntas respecto de la interpretación, 4) Preguntas concernientes al Antiguo Testamento: antes de la entrada del pecado, 5) Preguntas concernientes al Antiguo Testamento: después de la entrada del pecado, 6) Preguntas teológicas concernientes al Nuevo Testamento, 7) Preguntas acerca de Ellen G. White, 8) Preguntas acerca de la historia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, 9) Preguntas acerca de asuntos prácticos. Y aunque estas preguntas están directamente relacionadas con el tema de la ordenación de damas, ellas contienen principios que pueden ser aplicados a diversos temas y situaciones conflictivas que la teología adventista puede enfrentar.
Además de los 8 apéndices importantísimos para entender el tema de la ordenación de damas en la Iglesia Adventista del Séptimo Día, en la Biblia y en la experiencia de Ellen G. White, existen 10 capítulos, los primeros del libro, que, aun cuando su organización podría haber sido más adecuada, exponen el problema siguiendo un orden bastante lógico. Inicia tratando el tema de la autoridad de la Biblia y continúa afirmando que ella expone una diferencia entre discípulos y apóstoles, es decir, entre todos los creyentes y aquellos que, siendo parte del primer grupo, son llamados para cumplir una función especial en la iglesia de Dios. Esta realidad es demostrada con casos en el Antiguo y Nuevo Testamento y se concluye que, por lo tanto, existe una diferencia entre los que hoy llamamos ministros o pastores—ancianos supervisores—y las mujeres de la Biblia que, aunque ejercieron importantes funciones en el pueblo de Dios, ellas nunca fueron ordenadas con imposición de manos, como lo fueron algunos varones. Esto, además, está fundamentado en las listas que el Nuevo Testamento tiene sobre las calificaciones para los cargos que requieren ordenación: apóstol (Hch 1:21, 22), diácono (Hch 6:3; 1 Tim 3:8-10, 12) y anciano/ministro que supervisa la iglesia (1 Tim 3:2-7; Tit 1:5-9). En los primeros cuatro capítulos, el Dr. Wahlen deja fuertemente fundamentada su posición en la Biblia, haciendo uso del griego, hebreo, análisis sintácticos, estudios de las figuras literarias antiguas, de los contextos históricos, estructuras y teología; demuestra que existe una función específica para el varón en la iglesia de Dios, función que no puede ser derivada al sexo femenino, pues esto significaría ir en contra de la voluntad divina claramente expresada en su palabra.
En el capítulo 5 se aborda el caso específico de 1 Corintios 14:34 y se concluye afirmando que usar este texto para decir que la mujer nunca debe pronunciar una sola palabra en el culto es hacer una hermenéutica incorrecta del texto. Así mismo se demuestra que en 1 Timoteo 2:11, 12, Pablo pide que los varones y mujeres estén en armonía y no que las damas callen como lo hace en 1 Corintios 14:34, como también que la frase “no permito” se refiere a la prohibición, por parte de Pablo, de que las mujeres ejercieran un rol de enseñanza autoritativa sobre un hombre en la iglesia. Finalmente, como cierre a este capítulo, afirma que Pablo no basa su enseñanza en la cultura ni en la costumbre, sino en el registro de la creación y la caída en el Génesis (1 Tm 2:13,14).
El capítulo seis probablemente sea el capítulo más controversial del libro, pues, como el mismo autor lo señala, la postura defendida al analizar el texto de Efesios 5:22-23 es una que va contra toda corriente social actual. Basado en la “teología de liderazgo” masculino, afirma que las mujeres deben ser amadas, pero que ellas deben permitir que, en una situación especial, sea el varón el que tenga la última palabra, la decisión. Sin embargo, aun cuando los argumentos a favor de su posición son bíblicos y convincentes, no se explica a profundidad la llamada “teología de liderazgo”; solo se dice que algunos creen que esta teología ha sido introducida recientemente, y para refutar dicha postura se recurre a declaraciones de pioneros adventistas que demuestran lo contrario. Debido a lo señalado, se deduce que esta llamada “teología de liderazgo” se corresponde con el principio de liderazgo conocido en medios hispanos como “la doctrina de la cabeza”. Finalmente, se afirma que existe suficiente evidencia textual que muestra que, desde la creación —mundo sin pecado—, el liderazgo masculino era parte del plan de Dios. Conclusiones que lo llevan a afirmar que Adán fue culpable delante de Dios por permitir que Eva lo liderara, al obedecerla y comer el fruto prohibido entregado por ella. Por lo tanto, el liderazgo masculino no fue una consecuencia del pecado, sino que ella se vio complicada a partir de ese momento. De forma ilustrativa, este capítulo cierra con un testimonio escrito por Gina, la esposa del Dr. Wahlen, donde ejemplifica lo que significa someterse al esposo; finalmente, ella afirma que esto podría ser igual de beneficioso para la iglesia; lamentablemente, no da un ejemplo para ello.
En el capítulo siete, se aborda el caso específico de Ellen G. White, demostrando que a ella nunca un líder de la iglesia le impuso las manos en señal de ordenación. Sin embargo, siendo que debía ser reconocida en la iglesia mundial como predicadora autorizada, fue a partir del año 1871 que la iglesia le otorgó una credencial ministerial, cada año, en algunas de las cuales aparece la palabra “ordenado” y en otras solo “ministro”. También en esta sección, el autor se encarga de aclarar escritos de Ellen G. White que han sido malinterpretados para apoyar la ordenación de damas al ministerio, demostrando, tanto por el contexto literario e histórico de las citas, que existió una diferenciación entre los ministros con credencial y los obreros con licencia, y que, por lo tanto, Ellen G. White nunca pidió que una mujer sea ministra, es decir, en términos más actuales, un pastor ordenado.
Respecto al controvertido voto tomado en 1881, por la comisión de resoluciones y remitido a la Comisión de la Asociación General, se deja claro que esta era la forma habitual en ese entonces de rechazar y no hacer polémico un tema que no era de trascendencia ni importancia para la iglesia. El silencio de Ellen G. White sobre esto, afirma Wahlen, debe tomarse con cuidado; sin embargo, el silencio mantenido por ella sobre el panteísmo puede ser de utilidad para determinar el porqué de su silencio. Ella no estaba de acuerdo, pero solo intervino con palabras y escritos cuando el liderazgo de la iglesia falló al no estudiar la Biblia y aclarar su posición sobre el asunto. Es decir, si hubiese sido un error rechazar la propuesta dada en 1881, Ellen G. White se habría manifestado como en el caso señalado. Finalmente, Wahlen afirma en este capítulo que existe una clara distinción de géneros en los escritos de Ellen G. White: los varones, dice ella, deben ser alentados y preparados para dedicarse al sagrado oficio de ministros, mientras que los jóvenes de ambos sexos deben ser motivados y preparados para ser obreros en los diferentes ramos de la iglesia.
El capítulo 8 de este libro, a criterio de quien escribe la reseña, es el capítulo con mayor valor para la iglesia en general, y para las damas en especial, pues en este capítulo Wahlen expone con detalle la amplitud, importancia y trascendencia del rol y función de las damas en la iglesia y sociedad. Deja en claro que el ministerio de enseñanza y capacitación para enfrentar los problemas del hogar y la educación de los hijos es un trabajo para el cual las damas están especialmente capacitadas. Además, expone la posición de Ellen G. White respecto a la retribución monetaria que debe recibir una dama que dedica su tiempo a trabajar a favor de la iglesia. También es en este capítulo que, a mi criterio, Wahlen escribe lo que podría ser la tesis de su libro: “… deberíamos ir a la Biblia para buscar dirección en cuanto al rol de los hombres y de las mujeres, y cómo deben relacionarse entre sí”. Finalmente, el autor sistematiza en cinco principios los escritos de Ellen G. White sobre la participación femenina en el quehacer de la Iglesia; aplicarlos produciría no solo conversiones, sino una iglesia estable y ejemplar ante el mundo.
El capítulo nueve explica Hechos 15, demostrando que en este concilio no se determinaron prácticas diferentes, una para una cultura y otra para la otra cultura, ni que se institucionalizó una división entre creyentes judíos y creyentes gentiles. Wahlen demuestra que ellos basaron su decisión en la Biblia y no en la cultura y que la práctica de ordenar al ministerio únicamente a varones no está basada en la cultura, sino en la Biblia y en los escritos de Ellen G. White. Finalmente, el Dr. Wahlen dice: “Por mucho que apreciemos la diversidad, es nuestra fe y práctica basadas en la Biblia la que nos mantiene unidos como iglesia mundial, no la diversidad”.
En el capítulo diez, bajo el título “¿Apoya la Biblia la ordenación de la mujer?”, el Dr. Wahlen afirma que los mandatos divinos tales como la Gran Comisión, la celebración de la Santa Cena y el lavamiento de pies son similares a la orden divina respecto al género en lo que atañe a la ordenación. Este capítulo en realidad sirve como una especie de resumen a todo el libro; el mismo autor, bajo el subtítulo “Nuestros principales hallazgos”, hace un resumen ilustrador de los argumentos presentados, para concluir afirmando que la Biblia no apoya la ordenación de damas al ministerio.
Se puede concluir afirmando que el Dr. Wahlen cumple a cabalidad con su objetivo y demuestra que la Biblia, Ellen G. White y la práctica histórica de la Iglesia no permiten que la Iglesia Adventista del Séptimo Día ordene de forma globalizada o sectorizada damas al ministerio. Sin embargo, aun cuando deja claro este tema, reconoce que existe un problema mayor y más importante que su libro no resuelve ni intenta resolver. Este problema se encuentra en la hermenéutica adventista, en el cómo leemos la Biblia, pues en palabras de Wahlen, “como se ha hecho evidente, algunos adventistas están comenzando a interpretarla en forma muy diferente”.

