“La verdadera educación significa más que la prosecución de un determinado curso de estudio. Significa más que una preparación para la vida presente. Abarca todo el ser y todo el período de existencia accesible al hombre. Es el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales y espirituales. Prepara al estudiante para el gozo del servicio en este mundo y para el gozo superior de un servicio más amplio en el mundo venidero”
Elena G. de White, La educación, 13.
Toda filosofía de la educación surge de una cosmovisión que procura responder a las preguntas fundamentales de la existencia humana: el origen, la naturaleza y el destino del universo, de la vida, de la mente, del bien y del mal. Asimismo, busca ofrecer una comprensión coherente de la realidad y orientar la acción humana conforme a los principios que considera verdaderos. En ese sentido, la presente filosofía educativa se fundamenta plenamente en las Sagradas Escrituras, adopta una perspectiva cristocéntrica y se articula sobre las siguientes convicciones fundamentales.
Creo que Dios es el Creador, Sustentador y Soberano del universo y de todo cuanto existe (Génesis 1:1; Nehemías 9:6; Colosenses 1:16-17; Hebreos 1:3). El ser humano fue creado por Dios a su imagen y semejanza, en un estado de perfección moral, física, mental y espiritual (Génesis 1:26-27, 31; Eclesiastés 7:29). En Dios tienen su origen toda verdad, toda bondad y toda belleza (Salmos 36:9; Santiago 1:17).
Sin embargo, nuestros primeros padres, haciendo uso de la libertad que Dios les otorgó, eligieron rebelarse contra Él y cayeron en pecado (Génesis 3:1-6; Romanos 5:12). Como consecuencia, la humanidad y la creación entera quedaron afectadas por los efectos del mal y fueron incorporadas al gran conflicto cósmico entre Cristo y Satanás (Apocalipsis 12:7-9; Romanos 8:20-22). No obstante, aunque el pecado ha distorsionado profundamente la imagen divina en el ser humano, este aún conserva vestigios de su dignidad y valor originales como portador de la imagen de Dios (Génesis 9:6; Santiago 3:9).
Toda filosofía de la educación surge de una cosmovisión que procura responder a las preguntas fundamentales de la existencia humana: el origen, la naturaleza y el destino del universo, de la vida, de la mente, del bien y del mal. Asimismo, busca ofrecer una comprensión coherente de la realidad y orientar la acción humana conforme a los principios que considera verdaderos. En ese sentido, la presente filosofía educativa se fundamenta plenamente en las Sagradas Escrituras, adopta una perspectiva cristocéntrica y se articula sobre las siguientes convicciones fundamentales.
Creo que Dios es el Creador, Sustentador y Soberano del universo y de todo cuanto existe (Génesis 1:1; Nehemías 9:6; Colosenses 1:16-17; Hebreos 1:3). El ser humano fue creado por Dios a su imagen y semejanza, en un estado de perfección moral, física, mental y espiritual (Génesis 1:26-27, 31; Eclesiastés 7:29). En Dios tienen su origen toda verdad, toda bondad y toda belleza (Salmos 36:9; Santiago 1:17).
Sin embargo, nuestros primeros padres, haciendo uso de la libertad que Dios les otorgó, eligieron rebelarse contra Él y cayeron en pecado (Génesis 3:1-6; Romanos 5:12). Como consecuencia, la humanidad y la creación entera quedaron afectadas por los efectos del mal y fueron incorporadas al gran conflicto cósmico entre Cristo y Satanás (Apocalipsis 12:7-9; Romanos 8:20-22). No obstante, aunque el pecado ha distorsionado profundamente la imagen divina en el ser humano, este aún conserva vestigios de su dignidad y valor originales como portador de la imagen de Dios (Génesis 9:6; Santiago 3:9).
Creo que Dios, en su infinito amor, estableció el plan de salvación antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; Efesios 1:4-5; 1 Pedro 1:18-20). Por medio de la vida, muerte, resurrección y ministerio sacerdotal de Jesucristo, Dios ha provisto el único medio para rescatar y restaurar a la humanidad a su condición original (Juan 3:16; 2 Colosenses 1:19-20; 5:17-19). La iniciativa de la salvación pertenece siempre a Dios, quien busca constantemente restaurar la comunión con sus criaturas para beneficio de ellas y para la gloria de su nombre (Lucas 19:10; Juan 6:44).
Asimismo, creo que Dios se revela y comunica con los seres humanos de diversas maneras. Su revelación especial y normativa se encuentra en las Sagradas Escrituras, las cuales constituyen la autoridad suprema en materia de fe y conducta (2 Timoteo 3:16-17; 2 Pedro 1:19-21). Aunque Dios también puede manifestarse mediante la naturaleza (Salmos 19:1-4; Romanos 1:20), los sueños, las visiones o las teofanías, toda forma legítima de revelación debe armonizar plenamente con la enseñanza bíblica y jamás contradecirla (Isaías 8:20).
Considero que la ciencia, entendida como el conjunto sistemático de conocimientos obtenidos mediante la observación, la investigación y la verificación racional, constituye una valiosa herramienta para comprender el mundo creado por Dios. Sin embargo, debido a las limitaciones inherentes de la razón humana y a los efectos del pecado sobre el conocimiento, la ciencia posee un carácter provisional y falible (1 Corintios 13:12). Por ello, aunque puede contribuir significativamente al desarrollo humano y al conocimiento de las leyes que Dios estableció para el funcionamiento del universo, sus conclusiones deben ser evaluadas a la luz de la revelación divina contenida en las Escrituras (Proverbios 1:7; Colosenses 2:8).
Sobre la base de estas convicciones, entiendo que la educación cristiana constituye uno de los medios más eficaces establecidos por Dios para colaborar con su propósito redentor de restaurar en el ser humano la imagen de su Creador (Efesios 4:11-13; 2 Timoteo 3:15-17). Como señaló Elena G. de White, la verdadera educación y la redención son, en esencia, una misma obra. En consecuencia, la educación cristiana no se limita a la transmisión de conocimientos, sino que busca la transformación integral de la persona para esta vida y para la eternidad.
Asimismo, considero que la educación cristiana representa una respuesta sólida frente a cosmovisiones seculares que excluyen a Dios de la comprensión de la realidad, tales como el ateísmo, el naturalismo, el humanismo autónomo y otras corrientes filosóficas incompatibles con la cosmovisión bíblica. Constituye también un espacio donde los estudiantes pueden desarrollar una comprensión de la vida fundamentada en principios revelados por Dios y no únicamente en presupuestos humanos.
De manera particular, creo que la educación universitaria adventista debe contribuir al logro de los grandes objetivos de la educación cristiana integral. Aunque su influencia se encuentra condicionada por factores sociales, culturales y temporales, posee la responsabilidad de integrar armónicamente la fe, el aprendizaje y el servicio, preparando profesionales comprometidos con Dios y con la sociedad.
Considero que cada joven que llega a la universidad es una persona creada a imagen de Dios, dotada de libertad moral, de potencial para el desarrollo integral y de posibilidades de salvación mediante Jesucristo (Juan 1:12; 2 Pedro 3:9). Por ello, el compromiso divino de rescatar a cada ser humano del pecado debe convertirse también en el compromiso fundamental del educador cristiano. La labor docente trasciende la mera instrucción académica para convertirse en un ministerio de formación y discipulado (Mateo 28:19-20).
Además, la educación universitaria adventista debe proporcionar a los estudiantes las competencias intelectuales, profesionales y éticas necesarias para desenvolverse con excelencia y pertinencia en el mundo contemporáneo (Daniel 1:17-20; Colosenses 3:23). Debe prepararlos para servir a Dios, a su iglesia y a la sociedad, promoviendo una vida de integridad, liderazgo y servicio desinteresado (Marcos 10:45; Gálatas 5:13).
Asimismo, debe despertar en los estudiantes un profundo amor por la verdad y fomentar el desarrollo de investigadores rigurosos, capaces de analizar críticamente el conocimiento humano y evaluar sus conclusiones a la luz de la cosmovisión bíblica (Juan 8:32; Proverbios 2:1-6). La búsqueda de la verdad debe caracterizarse por la humildad intelectual, el rigor académico y la sumisión a la autoridad de la Palabra de Dios.
Finalmente, creo que la educación universitaria adventista constituye un instrumento providencial para preservar, desarrollar y transmitir el legado intelectual, espiritual y científico construido por generaciones de creyentes fieles a Dios y a su Palabra. Por ello, puedo afirmar que mi vida, mi quehacer docente y ministerial, todo está guiado por mi filosofía personal de la educación universitaria adventista.
Mi propósito fundamental como educador es servir a Dios participando activamente en la formación integral de los jóvenes universitarios, de manera que desarrollen una relación salvadora con Jesucristo, reflejen su carácter en la vida diaria y estén preparados para servir en este mundo y vivir eternamente en el reino de Dios. Por la gracia y misericordia de nuestro Señor, aspiro a contribuir para que muchos de mis estudiantes puedan encontrarse un día con Cristo y habitar para siempre con Él en la Tierra Nueva (Juan 14:1-3; Apocalipsis 21:1-4).

